Juana de Arco
Juana de Arco Aquel tribunal no representaba a la Iglesia. Roma no deseaba la muerte de aquella enviada de Dios y le hubiera concedido un proceso justo, lo único que Juana necesitaba para salir de él libre, con honor y cubierta de bendiciones. Pero no ocurrió así. Temblando y confuso, Cauchon alteró personalmente el curso del interrogatorio y se dio prisa a terminar la sesión. Al retirarse Juana, con paso débil y vacilante bajo las cadenas, quedé angustiado y con la mente en blanco. No paraba de repetir en mi interior: «Hace un momento pronunció la frase que la habría llevado a la libertad y a la vida. En cambio ahora, va a la muerte. Sí, porque es la muerte. Estoy seguro, lo presiento. Reforzarán la guardia y no permitirán que nadie se acerque a ella, como no sea que se dé cuenta de lo ocurrido y vuelva a apelar a Roma. Ha sido para mí, éste, el día más triste y amargo en el tiempo del proceso».