Juana de Arco
Juana de Arco Dudaban de la autenticidad de su misión, debido a la ignorancia y humildad del mensajero elegido. Al oír esto, Juana sonrió. Pudo haberles recordado que Jesús, sin hacer distinción de personas, buscó a los humildes para sus altos propósitos, en lugar de obispos y cardenales, pero se limitó a explicar:
—Nuestro Señor tiene poder para elegir a sus instrumentos donde le parece bien.
Al preguntarle qué fórmula empleaba para implorar la ayuda de Dios, respondió con sencillez, y levantando su pálido rostro, con las manos juntas, pese a las cadenas, habló:
—Mi muy amado Dios, en recuerdo de vuestra sagrada Pasión, os suplico me reveléis lo que debo contestar al tribunal de eclesiásticos. Por lo que se refiere a mi atavío, sé quién me ordenó tomarlo, pero no sé de qué modo deberé dejarlo. Os ruego me indiquéis lo que debo hacer.
También la acusaban de haberse atrevido a encumbrarse y mandar soldados, nombrándose ella a si misma «General en Jefe».
No quiso dar más explicaciones sobre esto, ya que hería profundamente sus sentimientos de honor militar, así que, respondió con viveza:
—¡Sí! ¡Fui General en Jefe, para mejor derrotar a los ingleses!