Juana de Arco

Juana de Arco

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Tampoco dejaron escapar la ocasión de utilizar contra Juana el argumento de buscar honores y gloria, debido a los títulos de nobleza concedidos por el Rey a su familia. Respondió que nunca había solicitado nada de eso, sino que el monarca los concedió él voluntariamente. La última fase del proceso terminó por fin, otra vez sin resultados. Quizá, una cuarta fase lograría derrotar el ánimo de la muchacha invencible. El malvado obispo se dispuso a rematar a su víctima. Designó una comisión para resumir en doce puntos los anteriores 63, como base operativa. Necesitaron para ello varios días. Aprovechando la pausa, Cauchon acudió a la celda de Juana, acompañado por Manchon y dos de los jueces, Isambard de la Pierre y Martin Ladvenue, para que aceptara someter al dictamen de la Iglesia militante el juicio sobre el origen divino, o no, de su misión. Juana se negó a ello una vez más. Isambard de la Pierre, hombre de buen corazón, compadecido al ver la situación de aquella pobre chica perseguida, cometió el atrevimiento de sugerirle si estaría dispuesta a solicitar que su causa fuera sometida al Consejo de Basilea, en el que figurarían tantos clérigos del partido francés como del inglés. Juana contestó que iría muy gustosa ante un tribunal tan justamente distribuido, pero antes de que Isambard pudiera añadir palabra, Cauchon le cortó de forma salvaje:

—¡Callad, en nombre del diablo!


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