Juana de Arco
Juana de Arco Los doctores preguntaron a Juana los síntomas y posible causa de su enfermedad. Ella respondió que, a su parecer, le sentó mal un plato de pescado que le sirvieron días antes, por indicación del obispo de Beauvais. Juan d’Estivet, servidor de Cauchon, se lanzó contra la joven, entre improperios furiosos y zarandeos, al oír algo que podía comprometer a su amo delante de los poderosos jefes ingleses. Si éstos le hacían culpable de la muerte de Juana, también podrían pensar que era una maquinación suya para estafarles, al salvarla de la hoguera envenenándola. Como la prisionera presentada fiebre muy alta, decidieron sangrarla. Warwick les amonestó:
—Llevad cuidado, porque es muy lista, y podría intentar matarse con ayuda de la herida para sangrarla, con tal de escapar del fuego.
Pese a todo, le practicaron el remedio y no tardó en mejorar, al menos de momento. Pasadas unas horas, Juan d’Estivet, obsesionado por la sospecha de envenenamiento que lanzó Juana, volvió a su celda por la noche, y la acosaba a preguntas con tal ferocidad, que la fiebre volvió a subirle de nuevo. Cuando Warwick se enteró de tal proceder y del riesgo que corría la vida de su codiciada presa, prometió dar al celoso guardián un castigo tan ejemplar, que lo mantuvo alejado de la enferma hasta al final.