Juana de Arco
Juana de Arco Al cabo de dos semanas, la enferma se recuperó, aunque todavía se encontraba muy débil. No obstante, Cauchon quiso poner a prueba su salud y, rodeado de algunos de sus doctores en teología, hizo otra vista a Juana. Manchon y yo le acompañamos para anotar por escrito la entrevista, es decir, todo lo que fuera útil para el malvado Cauchon, eliminando el resto.
Ver a Juana me produjo una gran angustia. Parecía una sombra de sí misma. Apenas lograba identificar en aquella débil criatura, de cara triste y encorvada, a la Juana de Arco toda fuego y entusiasmo, al ataque de las fortalezas rodeada de sus bravos, entre el fuego de los cañones. El corazón se me oprimió en el pecho. Pero Cauchon se mantuvo imperturbable. Dijo: «Somos eclesiásticos responsables, siempre dispuestos, por nuestro ministerio y buena voluntad, a velar por la salvación de vuestra alma y vuestro cuerpo, utilizando todos los medios disponibles, tal como lo haríamos por nosotros mismos o nuestro más querido familiar. Seguimos el mandato y ejemplo de la santa Madre Iglesia, que nunca niega acogedor refugio a los que desean volver a su seno».
Juana le agradeció sus palabras, y contestó:
—Parece que, debido a mi enfermedad, estoy en peligro de muerte. Si es voluntad de Dios que muera en prisión, solicito confesión, y que me permitan recibir a Jesús, mi Salvador. También deseo que me entierren en sagrado.