Juana de Arco

Juana de Arco

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Cauchon, encantado, creyó ver su oportunidad. La chica mostraba temor a morir sin bendición, aterrada ante las penas del infierno. Aquella testaruda criatura estaba a punto de rendirse, por fin. Dijo:

—Entonces, si queréis recibir los santos sacramentos, como todo buen cristiano, debéis someteros a la autoridad de la Iglesia.

Se le veía ansioso a la espera de respuesta. Pero quedó defraudado una vez más. La joven mantuvo su postura. Volvió la cabeza y terminó:

—No tengo nada más que decir.

Cauchon montó en cólera. Gritaba, entre amenazas terribles, que cuanto mayor fuera el peligro para su vida, más debía procurar enmendarla. Así, le negó todas sus peticiones, mientras no se sometiera a la Iglesia. Juana le respondió:

—Si muero en esta cárcel, os ruego que me enterréis en sagrado, pero me abandono a la voluntad de mi Salvador.

Cauchon continuaba empeñado en someterla a su autoridad, pero sus amenazas no servían para nada. Su cuerpo estaba débil, pero el espíritu continuaba siendo el mismo de Juana de Arco. Sus palabras fueron las mismas ya conocidas de siempre:

—Pase lo que pase, no pienso decir ni hacer nada distinto a lo que he declarado en el tribunal.


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