Juana de Arco

Juana de Arco

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Los teólogos continuaron molestando a Juana con sus argumentos doctrinales basados en la Sagrada Escritura, haciendo mención a su deseo de recibir los sacramentos, como cebo para sobornarla y conseguir que sometiera el carácter divino de su misión al dictamen de la Iglesia —es decir, su dictamen—. ¡Como si ellos fueran «La Iglesia», cuando sólo eran ambiciosos sin escrúpulos! Lo cierto es que no lograron sus propósitos.

La escena finalizó con una tremenda amenaza. Una amenaza calculada para que un fiel cristiano de verdad se hundiera en la desesperación:

—La Iglesia os ordena que os sometáis. Si no la obedecéis, ¡se os abandonará como si fuerais una pagana!

¡Imaginad lo que supone quedar fuera de la Iglesia! Una Iglesia que tiene las llaves del cielo y del infierno y tiene el poder de salvar, perdonar y condenar… Sentirse abandonada por su propio Rey Jesús… Sí, eso es peor que la muerte… ¡Abandonada por la Iglesia! La muerte no es nada a su lado, puesto que la Iglesia puede condenar a una vida eterna, y… ¡qué vida infernal! Ante mí se representaban las terribles imágenes de los condenados, y estaba seguro de que también Juana lo sentía como yo, mientras murmuraba en silencio… Pensé que cedería entonces, y hasta deseaba que lo hiciera, pues aquellos hombres eran capaces de todo, entregándola al castigo eterno.


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