Juana de Arco
Juana de Arco Ese mismo 2 de mayo, la negra asociación estaba reunida en una espaciosa cámara del castillo. El obispo de Beauvais, en su sitial, presidía la sesión, rodeado de 62 jueces, los secretarios en sus puestos, el orador en el estrado y los guardias vigilando. No tardó en escucharse el ruido de cadenas, y poco después, apareció Juana de Arco, escoltada, que fue a situarse en el banco preparado al efecto. Presentaba mejor aspecto después de los 15 días de tregua sin persecución y acoso. Giró la mirada a su alrededor, observando al orador. No cabe duda de que se dio cuenta de la situación. El informe parecía muy grueso, tanto como un libro. El encargado de dirigir la palabra comenzó con estilo suelto, pero a mitad de un párrafo muy florido, le falló la memoria y hubo de consultar sus papeles, echando a perder el buen efecto inicial. Lo mismo volvió a ocurrir varias veces. El pobre hombre, rojo de vergüenza, no sabía qué hacer. Entonces se escuchó una observación de Juana:
—¡Será mejor que leáis vuestro libro… y así yo responderé mejor!