Juana de Arco

Juana de Arco

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Resultó cruel el modo como soltaron la carcajada aquellos veteranos jueces. El orador quedó tan aturdido que a todos los presentes nos dio lástima de él. Cuando recobró la calma decidió seguir leyendo su discurso directamente, sin fingir el recitado de memoria. Los doce artículos anteriores quedaban ahora sintetizados en seis, redactados en el texto actual. Explicó el carácter de la Iglesia Militante, ordenando a Juana someterse a su dictamen. Ella dio la respuesta habitual. Y, a continuación, le preguntaron:

—¿Creéis que la Iglesia puede equivocarse?

—Creo que no puede equivocarse. Pero de los actos realizados por mandato divino, sólo responderé ante Él.

—Entonces, ¿nadie puede juzgaros en la tierra? ¿Ni siquiera el Santo Padre, el Papa? ^

—Mi maestro es el buen Jesús, y sólo a Él lo someteré todo.

En ese momento, se oyeron estas graves palabras:

—¡Si no os sometéis a la disciplina de la Iglesia, este tribunal os considerará hereje y seréis quemada en la hoguera!

Al oírlas, cualquiera habría desfallecido de terror, pero el espíritu valeroso de Juana saltó como el clarín en el combate:

—¡No hablaré más de lo que ya he dicho, y aunque viera el fuego ante mí, volvería a hacer lo mismo!


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