Juana de Arco
Juana de Arco En todo caso, los mensajeros llevaron a Rouen el veredicto, junto a una carta destinada a Cauchon, saturada de alabanzas. La Universidad le daba las gracias por su celo en la tarea de desenmascarar a esa mujer «cuyo veneno había infectado la fe de toda la región Oeste de Francia». Como recompensa a su labor, le deseaban recibiera «una corona de gloria eterna en la otra vida». ¡Nada menos! Una corona en el cielo, un propósito alentador, pero sin nadie para garantizarlo. Nada se decía de la concesión del Arzobispado de Rouen, por cuyo objetivo Cauchon estaba dispuesto a sacrificar su alma. Eso de la «corona en el cielo» debió sonarle a broma, después de su innoble trabajo. ¿Qué haría él en el cielo? Apenas conocería a nadie en este lugar.
El 19 de mayo, un tribunal de cincuenta jueces se reunió en el palacio arzobispal en sesión especial para decidir la sentencia que se debería aplicar a Juana. Unos pocos se pronunciaban a favor de ponerla, sin más trámite, en manos del poder secular, quien se encargaría de hacer justicia. Pero la mayoría solicitaba que previamente se le hiciera una «cariñosa amonestación».