Juana de Arco

Juana de Arco

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Así que el mismo tribunal volvió a reunirse el día 23 en el castillo-prisión, y Juana fue conducida al estrado. Pierre Maurice, un canónigo de Rouen, en su discurso le recomendó que, para salvar su alma y librar su cuerpo, renunciara a sus errores y se sometiera a la Iglesia. Terminó su intervención con una tremenda amenaza. Caso de persistir en sus pecados, la condenación de su alma sería segura, y la de su cuerpo, muy probable. Pero Juana continuaba imperturbable. Declaró:

—Aunque me condenarais a muerte, y viese el fuego a mis pies, y el verdugo dispuesto a azuzarlo… o mejor, ya me encontrara en medio de las llamas, no podría decir otras cosas distintas a las que figuran en vuestros procesos. Me atendré a ellas hasta morir.

Se hizo el silencio, roto por la voz de Cauchon, que se volvió a Pierre Maurice:

—¿Tenéis algo más que añadir?

El sacerdote hizo una reverencia y respondió:

—Nada, señor.

—Prisionera en el banquillo: ¿queréis añadir algo más?

—Nada —afirmó Juana.

—Entonces, el caso está cerrado. Mañana será dictada sentencia. Llevaos a la acusada.

Creo que Juana abandonó la sala erguida y serena, pero no podría asegurarlo, porque mis ojos se nublaron con las lágrimas.


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