Juana de Arco
Juana de Arco Nos convencimos de que el obispo Cauchon desconfiaba de Manchon, debido a sus preferencias con Juana, puesto que en su lugar se había situado un nuevo secretario, lo cual nos quitaba trabajo a mi señor y a mí, que nos dedicamos a observar los acontecimientos. Yo estaba seguro de que Juana, víctima de intensa campaña y acosada continuamente, se encontraba ya al borde del agotamiento. Pero, según comprobé, inventaron nuevas modalidades. Ahora le estaban lanzando un sermón demoledor, en medio del calor opresivo de la tormenta. Al empezar a hablar el orador, Juana, extrañada, elevó la vista, angustiada, y dejó luego caer la cabeza. El predicador era Guillermo de Erard, famoso por su verbo florido. Comentaba el texto de los «Doce puntos», falsos naturalmente, arrojando sobre la pobre niña, una por una, las calumnias condensadas en aquel frasco de veneno, dedicándole los calificativos brutales elaborados por sus jueces. Su furia aumentaba a medida que el discurso cobraba intensidad. Pero todo en vano. Juana seguía como absorta en sus pensamientos, sin dar muestras de escuchar al orador. Al fin, Erard tronó con fuerza:
—¡Oh, pobre Francia, cómo te han maltratado! ¡Fuiste siempre la cuna de la Cristiandad, pero ahora, Carlos, que se nombra a sí mismo Rey y gobernador, autoriza complaciente, como hereje y cismático que es, los malvados actos de esta mujer perversa e infame!