Juana de Arco
Juana de Arco Me quedé más deprimido que nunca. Aun débil como se encontraba, la obligaban a caminar hasta el suplicio. Aunque la distancia no era excesiva, no resultaba empresa fácil para una persona debilitada por una prisión de meses, encadenada, sin hacer ejercicio ni respirar aire puro. Al acercarse, encorvada por el agotamiento, vimos a Loyseleur inclinando su cabeza sobre su oído. Nos enteramos después que acudió por la mañana, de nuevo, a la celda para intentar persuadirla con falsas promesas, cosa que ahora volvía a repetirle, insistiendo en que se aviniese a lo que le pedían. En tal caso, quedaría libre de los crueles ingleses, alcanzando cobijo en el refugio poderoso de la Iglesia. Demostraba con ello su espíritu miserable y corazón mezquino.
Juana tomó asiento en la plataforma, con los ojos cerrados y como indiferente a todo cuanto la rodeaba, ajena a todo lo que no fuera permanecer quieta y en paz. Su tez aparecía de nuevo extremadamente blanca, tanto como el alabastro. A su alrededor, la gente contemplaba a la prisionera con arrebatada curiosidad. Veían una frágil muchacha de carne y hueso, y eran conscientes de tener delante a una persona cuya fama y nombre recorrió toda Europa, dejando pequeños otros ilustres soldados y generales en comparación con ella. ¡Juana de Arco, el asombro de su tiempo que llegaría a serlo también de los tiempos venideros!