Juana de Arco

Juana de Arco

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La ocurrencia despertó risas en la gente. El pueblo reacciona así cuando un hombre hecho y derecho llama en su ayuda a un alguacil para que le proteja de una muchacha débil y enferma. Juana había destruido el efecto del orador con una simple frase, que la honraba, si bien yo no me identificaba con ella. Menos, en unos momentos en que el Rey, al abandonar a su suerte a las más noble y leal de sus súbditos, demostraba lo calculador, egoísta y cobarde que era. De haber tenido sangre en las venas, su puesto estaba allí, con la espada en la mano, al mando de su ejército, liberando a Juana de sus enemigos y devolviéndole la honra que tan justamente se había ganado. Pero no había peligro. La ovación del pueblo fue espontánea, ante el gesto noble de Juana con su Rey, lo cual no significaba simpatía a la causa francesa. Sus sentimientos estaban con los ingleses y habían acudido a presenciar cómo Juana era arrojada a la hoguera.

A continuación, el predicador conminó formalmente a Juana para que se sometiera a la autoridad de la Iglesia. Hizo la propuesta seguro de que la joven, exhausta y al límite de sus fuerzas, cedería en su tenaz resistencia. No obstante, la acusada presentó oposición:

—Respecto a eso, ya he respondido a mis jueces, rogándoles sometan al Santo Padre todos mis actos y palabras, a quien, después de Dios, apelo.


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