Juana de Arco

Juana de Arco

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Con su portentosa intuición, una vez más, acertó a pronunciar las palabras cruciales, aunque ignoraba su valor real. Si bien, en esos momentos, con la pira dispuesta y todos en contra suya, tampoco el acogerse a la autoridad del Papa servía de mucho. Pero fue suficiente para que los clérigos temblaran un momento, cambiando rápidamente de tema.

Juana insistió en que su conducta vino determinada por la misión que le fue encomendada por Dios, y cuando intentaron denigrar al Rey y a sus generales, con voz decidida, les atajó:

—No hago responsables, ni a mi Rey ni a nadie, de mis hechos y palabras. Si algo hice mal, yo soy la única culpable. Nadie más.

Le volvieron a preguntar si no se arrepentía de las palabras y actos que los jueces declararon perversos. La respuesta despertó, de nuevo, recelo y confusión:

—Todo lo someto a Dios y al Santo Padre, el Papa.



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