Juana de Arco

Juana de Arco

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También el conde de Warwick perdió la compostura. Soldado valiente en la batalla, entendía poco de las sutiles trampas y acciones retorcidas, propias del obispo, y entre maldiciones afirmó que el Rey de Inglaterra había sido traicionado, al permitir a Juana de Arco librarse de la hoguera. Pero los labios de Cauchon en su oído le calmaron las iras.

—No os preocupéis, señor, muy pronto la tendremos otra vez lista.

Es posible que las intenciones de Cauchon trascendieran, porque la calma se fue restableciendo lentamente y los ánimos se apaciguaron. Sin embargo, ¿creéis que a la pobre niña, agotada, le permitieron descansar una vez de regreso a su celda? Pues no. Se lanzaron como perros sabuesos tras su pista. Cauchon y algunos de sus fieles acudieron al calabozo inmediatamente, donde la encontraron aturdida, en estado de máxima postración física y moral. Le recordaron con palabras desabridas, su promesa de vestir ropa femenina, añadiendo que, de no cumplirla, quedaría para siempre fuera de la Iglesia.




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