Juana de Arco

Juana de Arco

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Sus últimas palabras fueron las más crueles de todas. Les explicó el modo cómo el Rey de Armas francés, en el funeral por nuestro viejo Rey, había roto su bastón de mando sobre el ataúd de Carlos VI y de su dinastía. Al mismo tiempo, allí mismo pronunció en voz baja las palabras: «¡Dios conceda larga vida a Enrique, Rey de Francia y de Inglaterra, nuestro señor y soberano!» Y después les ordenó que unieran sus voces a la suya, como muestra de aprobación.

La gente estaba pálida de ira, aunque permanecieron mudos, por el momento, incapaces de hablar. Pero Juana, que se encontraba junto al sacerdote, le miró a la cara y le dijo con su voz sombría y seria:

—Me gustaría que te cortaran la cabeza —y después, como arrepentida, y santiguándose, aclaró—: Si esta fuera la voluntad de Dios.

Tales palabras pueden citarse, debido a que muestran la única vez que Juana pronunció unas palabras de amenaza. Cuando os haya contado las dificultades que hubo de superar y las persecuciones injustas a que fue sometida, veréis lo maravilloso que es el no haber dicho más que una sola frase dura en toda su vida.

Desde el día que nos llegaron aquellas dramáticas noticias, fuimos de un sobresalto a otro, con los merodeadores que llegaban casi hasta nuestras puertas de vez en cuando.


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