Juana de Arco

Juana de Arco

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En las escaleras de la iglesia se encontraba, de pie, un sacerdote forastero, partidario de los borgoñones, que trasmitía algún tipo de noticias a la multitud. Sus palabras despertaban llantos y lamentos, gestos de ira y maldiciones, que se sucedían por turno. El orador afirmaba que nuestro Rey loco había muerto y que, a partir de ahora, todos nosotros, y Francia y la corona, éramos propiedad de un bebé inglés, que descansaba tranquilamente en su cuna, en Londres. Nos aconsejaba que nos sometiéramos a aquel niño, que fuéramos sus fieles siervos y que le deseáramos los mayores bienes.

Nos aseguraba que, por fin, tendríamos un gobierno fuerte y estable, y que, en breve, el ejército inglés iniciaría su última campaña y que sería muy corta, puesto que sólo deberían conquistar algunas partes del país, que aún quedaban bajo aquel extraño resto, casi olvidado, que era la bandera de Francia.

Al oírlo, la gente bramaba y le increpaba, amenazándole con los puños, que sobresalían por encima de la marea de rostros iluminados por la luz de las antorchas. Era un cuadro de violencia salvaje que impresionaba al espectador. El sacerdote formaba también parte de él, como figura protagonista, ya que se erguía allí, en pie, aguantando las miradas de odio y devolviéndolas en dirección hacia aquellas gentes indignadas, casi sin inmutarse. De modo que, si bien deseaban quemarle en la hoguera, le admiraban por su irritante frialdad.


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