Juana de Arco
Juana de Arco Y en esos momentos, observé un fenómeno muy extraño, algo así como una luminosidad blanca, aproximándose con lentitud, como si se deslizara sobre el césped, en dirección hacia el Árbol. Era una figura de grandes dimensiones —una forma con manto y alas— y su blanco resplandor no podría compararse con ninguna cosa conocida, excepto con la luz de los relámpagos. Pero ni siquiera éstos se le aproximaban en intensidad, ya que a los relámpagos uno puede mirarlos sin deslumbrarse, mientras aquella extraordinaria brillantez resultaba tan cegadora, que dañaba los ojos y los hacía llorar. Descubrí mi cabeza, al darme cuenta de que me encontraba en presencia de un acontecimiento que no era de este mundo.
Mi respiración se hizo más débil y forzada, a causa del terror inicial y de la respetuosa admiración que se apoderó de mí. También percibí otro fenómeno extraño. La naturaleza se había mantenido silenciosa, con esa quietud profunda que se produce cuando una nube de tormenta oscurece el bosque y los animales salvajes se atemorizan. Pero, de repente, las aves rompieron a entonar sus mejores trinos, de modo que una especie de cántico jubiloso creaba una sensación de éxtasis imposible de describir. En su conjunto, el canto de los pájaros resultó conmovedor y el sonido, tan maravilloso, que nadie dudaría en pensar que se trataba de un acto de adoración.