Juana de Arco

Juana de Arco

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La clave del asunto no tardó en manifestarse ante mis ojos. Voy a contar cómo sucedió el hecho. Quizá habéis oído a muchos narrar lo mismo que yo voy ahora a explicar, pero nunca hasta el momento habréis escuchado el relato de un testigo ocular.

Cierto día, regresaba yo de las montañas —era el 15 de mayo de 1428— y al llegar al extremo del bosque de robles, a punto ya de salir al espacio despejado y cubierto de césped, donde se encuentra el Árbol de las Hadas, eché un vistazo antes de salir al prado, todavía al amparo del follaje. En ese momento, di un paso atrás y me mantuve oculto por las hojas. Había visto a Juana y pensé gastarle alguna broma. Daos cuenta de lo que estaba pasando. Aquella idea frívola, iba a convertirse pronto —en muy poco tiempo— en un gran acontecimiento del que se hablaría para siempre en historias y romances.

El día tocaba a su fin y todo el espacio de hierba en el que estaba situado el Árbol aparecía cubierto por una sombra suave y agradable. Juana se hallaba sentada en un lugar llano, formado por las nudosas raíces del Árbol. Sus manos descansaban una sobre otra, en su regazo. Tenía la cabeza un poco inclinada hacia el suelo, y presentaba el aspecto de la persona que se encuentra absorta en sus pensamientos, sumergida en reflexiones íntimas, y ajena a sí misma y a todo lo que le rodeaba.


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