Juana de Arco
Juana de Arco Percibí en su tono un aire bajo y respetuoso, pero sus palabras fueron claras. ¿Cómo habrían llegado a su mente unas ideas tan extrañas? Esta pregunta me dio vueltas por la cabeza durante los dos días siguientes. Lo más fácil era pensar que se había vuelto loca. Si no, ¿cómo explicar todo aquello? El dolor por los desastres y tanto pensar en las calamidades sufridas por Francia debieron debilitar su razón, siempre tan firme, y la habían llenado de sueños fantasmagóricos… Sí, eso debía ser.
Pero yo la estuve observando y le hice varias pruebas, y no era eso. Sus ojos se mostraban diáfanos, sus gestos, de evidente naturalidad. Sus conversaciones, directas y al fondo de lo que se trataba. No, a su mente no le ocurría nada. Seguía siendo la persona más inteligente de la aldea, y la mejor. Continuaba discurriendo por todos los demás, haciendo planes en su favor, sacrificándose por ellos, lo mismo que siempre. Asistía a sus enfermos, y a los pobres, y se mostraba dispuesta a ceder su cuarto al caminante y dormir en el suelo. Tal vez existiera algún secreto en algún lugar de su mente, pero la locura no era la respuesta apropiada a mis dudas. Estaba claro.