Juana de Arco

Juana de Arco

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Después, Juana se levantó, con la cabeza todavía un poco inclinada, con los brazos caídos y las puntas de los dedos levemente enlazadas por delante. Así, permanecía de pie, iluminada por aquella luz, como sin darse cuenta de ello; daba la impresión de escuchar algo, aunque nada llegaba a mis oídos. Al cabo de un momento, levantó la cabeza y miró hacia arriba, como uno miraría el rostro de un gigante, y entonces, enlazó sus manos y las elevó en actitud implorante. Luego, comenzó a hablar. Distinguí algunas de sus palabras. La oí decir:

—¡Pero soy tan joven!… demasiado joven para dejar a mi madre y mi hogar, salir al mundo desconocido y llevar a cabo una empresa de tal magnitud. Y, además, ¿cómo podré yo relacionarme con hombres, convertirme en camarada de ellos? ¡Y los soldados! No tendría otro remedio que acostumbrarme a los insultos, a sus rudas costumbres y a su desprecio. ¿Cómo podré ir yo a la guerra y conducir al ejército…? Yo, una muchacha ignorante de todo eso, que nada sabe de armas, ni siquiera montar a caballo y trotar con él… Pero, en fin, si eso es lo que se me ordena…

Su voz bajó un poco de tono y se rompió en sollozos, de modo que ya no conseguí comprender ni una sola palabra más.


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