Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn La señorita Watson no hacía más que meterse conmigo y me cansé y me sentí muy solo. Más tarde hicieron entrar a los negros y rezaron, y luego se fueron todos a la cama. Subí a mi cuarto con un cabo de vela y lo puse encima de la mesa. Después me senté en una silla al lado de la ventana y traté de pensar en algo alegre, pero fue inútil. Me sentía tan solo que casi me daban ganas de estar muerto. Brillaban las estrellas y las hojas murmuraban en el bosque melancólicamente; y a lo lejos, oí ulular a un búho por alguien que había muerto, y a un chotacabras y un perro, que aullaban por alguien que iba a morir; y el viento intentaba susurrarme algo, y yo no lo entendía, por eso se me ponía la carne de gallina.
Luego, en el lejano bosque, oí el rumor que produce un alma en pena cuando quiere decir algo que le preocupa y no consigue hacerse entender, y es por eso por lo que no puede descansar tranquilamente en su tumba y tiene que vagar así todas las noches quejándose. Perdí el ánimo y me asusté tanto que hubiera querido tener compañía.
Al poco rato me sacudí una araña que me corría por el hombro y fue a caer encima de la vela y, antes de que pudiera moverse, se quemó toda. No necesitaba que nadie me recordase que eso era muy mala señal y que había de traerme mala suerte, conque me asusté y por poco me quedo desnudo de tanto temblar.