Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Me levanté, y di tres vueltas mientras me hacía una cruz en el pecho cada vez. Después me até un mechón de pelos con un hilo para ahuyentar a las brujas. Pero aquello no me inspiraba confianza. Se hace eso cuando se ha perdido una herradura, que uno ha encontrado, en lugar de clavarla por encima de la puerta; pero nunca oí decir que fuese una manera de alejar la mala suerte cuando uno ha matado a una araña.

Me senté de nuevo, temblándome todo el cuerpo, y saqué la pipa para fumar, pues la casa estaba ya tan silenciosa como la muerte, de modo que la viuda no se enteraría.

Bueno, pues, al cabo de un buen rato, oí el reloj de la población hacer «¡nang!, ¡nang!, ¡nang!», doce veces, y todo volvió a quedar callado, más callado que nunca. Pero después oí el chasquido de una rama en la oscuridad; entre los árboles, algo se movía. Me quedé quieto y escuché.

Enseguida oí, a duras penas, «¡miau!, ¡miau!», allá abajo. ¡Muy bien! Yo dije: «¡miau!, ¡miau!», tan quedo como pude y, prestamente, apagué la luz y salté por la ventana al cobertizo. Después me descolgué al suelo y me arrastré por entre los árboles y, en efecto, allí estaba Tom Sawyer esperándome.


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