Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn De modo que dejó caer el plomo en mi falda en aquel momento y yo junté aprisa las piernas para cogerlo y ella siguió hablando. Pero solo durante un minuto. Luego quitó la madeja y me miró de hito en hito, con cara muy simpática, y dijo:
—Veamos… ¿cuál es tu verdadero nombre?
—¿Qué… qué dice, señora?
—¿Cuál es tu verdadero nombre? ¿Bill, Tom o Bob? O… ¿cuál es?
Me parece que temblé como un azogado y apenas supe qué hacer. Pero contesté:
—Por favor, no se burle de una pobre muchacha como yo, señora. Si estorbo aquÃ, me…
—No harás tal. Siéntate y quédate donde estás. No he de hacerte ningún daño y tampoco pienso delatarte. Tú cuéntame tu secreto y ten confianza en mÃ. Lo guardaré; y además te ayudaré. Y también mi marido, si tú quieres. Tú no eres más que un aprendiz que se ha fugado. Eso no tiene importancia. No hay nada malo en ello. Has sido objeto de malos tratos y has decidido largarte. ¡Bendita sea tu estampa, muchacho, no serÃa capaz de delatarte! Cuéntamelo todo… sé buen chico.