Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Tenía razón por lo que se refiere a las ratas. De vez en cuando se veía asomar un hocico por un agujero del rincón. Dijo que cuando estaba sola tenía que tener algo a mano para tirárselo, pues de otro modo no la dejaban en paz. Me enseñó una barra de plomo, retorcida y hecha un nudo, y me dijo que, generalmente, hacía buena puntería con ella, pero que un día o dos antes se había dislocado un brazo y no sabía si podría tirar con tino o no.

Esperó una ocasión y tiró contra la rata, pero marró excesivamente el golpe y dijo: «¡Ay!», de tanto como le dolió el brazo. Entonces me dijo que probara yo con la siguiente. Yo deseaba marcharme antes de que regresara el marido; pero, claro está, no permití que lo adivinase. Tomé la barra de plomo y, en cuanto asomó el hocico de una rata, tiré con ella y, si no se larga de donde estaba, hubiera quedado bastante mal parada.

La mujer me dijo que lo había hecho estupendamente y que estaba segura de que haría blanco a la siguiente. Se levantó y fue a recoger el plomo y trajo una madeja con la que quería que la ayudase. Alcé las dos manos y ella me colocó la madeja y siguió hablando de sí misma y de los asuntos de su marido. Pero se interrumpió para decir:

—No pierdas de vista las ratas. Más vale que tengas el plomo a mano, en la falda.


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