Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Me quité el sombrero, porque entonces ya no necesitaba tener anteojeras. Cuando me hallaba en medio del río, oí que el reloj empezaba a dar la hora y me detuve a escuchar. El sonido llegaba débil, pero claro: las once. Cuando toqué la isla no me paré a tomarme siquiera un respiro, aunque estaba casi sin aliento, sino que me metí por entre los árboles hacia el sitio en que había estado acampado al principio y allí encendí una gran fogata en un lugar alto y seco.

Luego volví a la canoa y remé hacia nuestro sitio, milla y media más abajo, con toda la celeridad posible. Desembarqué, me deslicé por el bosque, subí a la loma y entré en la gruta. Jim yacía allí, en el suelo, profundamente dormido. Le desperté y dije:

—¡Levántate y ahueca, Jim! ¡No hay que perder un minuto! ¡Nos persiguen!

Jim no hizo ninguna pregunta, no dijo una palabra; pero la manera como trabajó durante la media hora siguiente demostró el susto que tenía. Para entonces, todo lo que poseíamos en el mundo se encontraba en nuestra balsa, y esta estaba preparada para desatracar de la caleta de sauces donde la teníamos escondida. Primero apagamos el fuego de la gruta y después no sacamos ninguna vela encendida.


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