Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn De vez en cuando matábamos alguna ave acuática demasiado madrugadora o que no se acostaba lo bastante temprano. En conjunto, nos lo pasábamos bastante bien.
En la noche que hacĂa cinco, más abajo de San Luis, tuvimos una tormenta muy fuerte despuĂ©s de medianoche, con abundancia de truenos y relámpagos, y lloviĂł a chuzos. Nos quedamos dentro del cobertizo y dejamos que la balsa se las arreglara sola. Cuando relampagueaba, veĂamos un buen trozo de rĂo recto delante de nosotros y altos cantiles a los dos lados. Al poco rato dije:
—¡Hola! ¡Jim! ¡Mira allá!
Era un vapor que habĂa chocado contra una roca. Nos Ăbamos derechos hacia Ă©l. Se le podĂa distinguir muy claramente a la luz de los relámpagos. Estaba escorado, y tenĂa parte del puente superior por encima del agua y, a cada centelleo, se veĂan los vientos de la chimenea limpios y claros, y una silla junto a la gran campana, con un sombrero gacho, viejo, colgado del respaldo.
Bueno, pues, como era de noche, y habĂa tempestad, y todo tenĂa tan misterioso aspecto, sentĂ exactamente lo que hubiera sentido cualquier otro muchacho al ver el buque naufragado tirado allĂ, tan melancĂłlico y solitario, en medio del rĂo. Me apetecĂa subir a bordo y visitarlo un rato para ver quĂ© habĂa dentro. De modo que dije:
—Desembarquemos en él, Jim.
Pero al principio Jim se opuso rotundamente. Dijo: