Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Por las mañanas, antes de que amaneciera, me metía por los maizales y trigales y me llevaba una sandía, o un melón, o una calabaza, o un poco de maíz o trigo nuevo, o cosas así, a título de préstamo. Papá siempre decía que no era malo llevarse las cosas prestadas si uno tenía intención de pagarlas algún día. Pero la viuda decía que eso de «tomar prestado» no era más que una forma más delicada para decir «robar», y que ninguna persona decente lo haría.
Jim dijo que le parecía que, en parte, la viuda tenía razón, y que, en parte, también la tenía mi papá; de modo que lo mejor sería escoger dos o tres cosas de la lista y declarar que no volveríamos a tomarlas prestadas; así suponía que no sería malo llevarse prestadas las demás. De modo que nos pasamos toda la noche discutiendo, mientras flotábamos río abajo, intentando decidir si renunciábamos a las sandías, a los melones o a qué. Pero, cuando ya amanecía, todo quedó resuelto satisfactoriamente, pues decidimos renunciar a las manzanas silvestres y a las níspolas.
Antes de eso no nos habíamos sentido bien del todo, pero después quedamos sumamente aliviados. Además, me satisfacía la manera como quedaba la cosa, porque las manzanas silvestres nunca son buenas y las níspolas habían de tardar aún dos o tres meses en estar maduras.