Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Pasábamos todas las noches por delante de poblaciones, algunas de ellas construidas en las negras laderas de las colinas, que parecían una cama suntuosamente iluminada: no se podía ver ni una casa. La quinta noche pasamos San Luis y era como todo el mundo iluminado. En San Petersburgo solían decir que había veinte o treinta mil personas en San Luis, pero yo nunca lo creí hasta aquella silenciosa madrugada, a las dos, en que vi la maravillosa cantidad de luces. No se oía ni un sonido allí; todo el mundo dormía.
Ahora, saltaba todas las noches a tierra, a eso de las diez, en algún pueblecito medio dormido, donde compraba diez o quince centavos de harina de maíz o de tocino, o de alguna otra cosa para comer. Y a veces levantaba algún pollo que no estaba excesivamente cómodo en su percha y me lo llevaba. Papá siempre decía: «Coge un pollo siempre que se te presente la ocasión, porque, si no lo quieres tú, no te ha de ser difícil encontrar a alguien que lo quiera, y jamás se olvida una buena acción». Nunca he visto la ocasión en que papá no quisiera el pollo para él, pero de todos modos eso es lo que acostumbraba a decir.