Las aventuras de Huckleberry Finn

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Colocamos un palo corto, en horca, para colgar la linterna, porque siempre teníamos que encenderla cuando veíamos un vapor que bajaba por el río, para evitar que nos atropellase; pero no tendríamos que encenderla para los barcos que remontaban corriente arriba, a menos que estuviéramos en lo que llaman un «cruce», porque el río estaba aún bastante crecido y las riberas, muy bajas aún, estaban anegadas; por eso los barcos que subían el río no siempre seguían el canal de navegación, sino que buscaban agua fácil.

Aquella segunda noche flotamos unas siete u ocho horas con una corriente que hacía más de cuatro millas por hora. Pescamos, hablamos y nos pusimos a nadar de vez en cuando para alejar el sueño. Era impresionante bajar a la deriva por el enorme y silencioso río, echados boca arriba contemplando las estrellas y nunca teníamos ganas de hablar en voz alta, y pocas eran las veces que reíamos, como no fuera con una especie de risita muy baja. En general tuvimos muy buen tiempo y no nos ocurrió nada aquella noche, ni la otra, ni la siguiente.





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