Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Jim susurró que se encontraba bastante mal y me dijo que nos marcháramos. Yo le dije que bueno, y estaba a punto de volver hacia la balsa; pero entonces oà alzarse una voz en un gemido, y decir:
—¡Por favor, muchachos! ¡Os juro que no diré una palabra!
Otra voz dijo, bastante alto:
—Mientes, Jim Turner. Ya lo has hecho asà otras veces antes. Siempre quieres más de lo que te corresponde en el reparto y siempre lo has conseguido, por añadidura, porque juraste delatarnos si no te lo dábamos. Pero ahora ya pasa de la cuenta. ¡Eres el perro más ruin y más traidor del paÃs!
Para entonces, Jim se habÃa marchado ya en busca de la balsa. A mà me dominaba la curiosidad. Y me dije: «Tom Sawyer no retrocederÃa ahora, de modo que yo tampoco lo haré. He de enterarme de lo que está pasando aquû. De modo que me dejé caer al suelo en el corredor y me dirigÃ, a rastras, en la oscuridad, hacia popa, hasta que no quedó más que un camarote entre mà y el salón.
Entonces vi allà a un hombre tendido en el suelo, atado de pies y manos, y a dos hombres de pie junto a él, y uno de ellos tenÃa una linterna en la mano y el otro un revólver. Este apuntaba a la cabeza del que estaba en el suelo, y decÃa: