Las aventuras de Huckleberry Finn

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—¡Me gustaría hacerlo! ¡Y tendría el deber de hacerlo por añadidura, so canalla!

El caído se encogía y decía:

—¡Por favor, no lo hagas, Bill!… Nunca hablaré.

Y, cada vez que decía eso, el hombre de la linterna se echaba a reír, diciendo:

—¡Ya lo creo que no! ¡En tu vida has dicho una verdad más grande!

Y una vez dijo:

—¡Mira cómo suplica! Y, sin embargo, si no llegamos a dominarle y atarle, nos hubiese matado a los dos. ¿Y por qué? Pues por nada. Nada más que porque defendimos nuestros derechos… por eso. Pero apuesto a que no vuelves a amenazar a nadie ya, Jim Turner. Guarda ese revólver, Bill.

Bill dijo:

—Malditas las ganas que tengo de hacerlo, Jack Packard. Soy partidario de matarle. ¿No mató al viejo Hatfield de la misma manera? Y… ¿no se lo merece?

—Es que yo no quiero que se le mate, y tengo mis motivos.

—¡Dios te bendiga por esas palabras, Jake Packard! ¡No te olvidaré mientras viva! —dijo el hombre del suelo, haciendo pucheros.


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