Las aventuras de Huckleberry Finn

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Packard no le hizo caso. Colgó la linterna de un clavo y echó a andar hacia el sitio donde yo estaba, en la oscuridad, y le hizo una seña a Bill para que le siguiera. Retrocedí tan aprisa como pude unos cuantos pies, pero el barco estaba tan inclinado que no pude hacerlo tan rápidamente como era mi deseo. De modo que, para evitar que tropezaran conmigo y me cogieran, me metí, arrastrándome, en un camarote del lado de arriba. El hombre se acercó a tientas y, cuando Packard llegó a mi camarote, dijo:

—Oye… entra aquí.

Y entró, seguido de Bill. Pero, antes de que entraran, ya me había encaramado en la litera superior, como acorralado y sintiendo haber ido allí. Se pararon dentro, con las manos apoyadas en el borde de la litera, y hablaron. No los veía, pero adivinaba dónde estaban por el whisky que habían bebido. Me alegré de no probar el whisky, aunque, de todas formas, hubiese carecido de importancia: la mayoría del tiempo no hubiesen olido mi rastro porque no respiré. Estaba demasiado asustado. Además, uno no podía respirar y oír a la vez aquella conversación. Hablaban en voz baja y con gran seriedad. Bill quería matar a Turner. Dijo:



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