Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Le dije muchas cosas acerca de reyes, duques, condes y todo eso, y lo estupendamente que vestían, y el pisto que se daban, y que se llamaban unos a otros «vuestra majestad», «vuestra alteza», «vuestra señoría» y así sucesivamente, en lugar de señor a secas. Y Jim daba tantas muestras de interés que parecía que iban a salírsele los ojos. Dijo:

—No sabía yo que hubiera tantos. No he oído hablar de ninguno de ellos, apenas, como no sea del rey Salomón, a no ser que se cuenten como reyes los de una baraja. ¿Cuánto cobra un rey?

—¿Cobrar? —exclamé yo—. Pues miles de dólares al mes, si quieren. Pueden cobrar todo lo que quieran. Todo les pertenece.

—¡Esto sí que es bueno! ¿Y qué tienen que hacer, Huck?

—¡Ellos no hacen nada! ¡Qué cosas tienes! No hacen más que sentarse por ahí.

—¡Qué me dices! ¿Es verdad eso?

—Pues claro. No hacen más que sentarse por ahí. Menos cuando hay guerra, acaso. Entonces van a la guerra. Pero el resto del tiempo, hacen el vago. O van de caza con el halcón…, van de caza con el halcón… y… ¡chitón!… ¿No has oído un ruido?

Nos asomamos a mirar. Pero no se trataba más que del sonido de las paletas de un vapor que doblaba el cabo allá abajo. De modo que volvimos a nuestro sitio.


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