Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Después, durante cosa de media hora, grité de vez en cuando. Por fin, oí una contestación muy lejana e intenté seguirla, pero no pude hacerlo y muy pronto comprendí que me había metido en un laberinto de puntas de estopa, porque veía pasar rápidamente algunas de ellas a ambos lados de mí, a veces con un cauce muy estrecho entre ellas. Y sabía que había otras, aunque no me era posible distinguirlas, porque llegaba a mis oídos el roce de la corriente contra los matorrales y la porquería que colgaba de la ribera.
Bueno, pues no tardé mucho en perder los alaridos por entre aquellas puntas. De todas formas, solo intenté seguirlos un rato, porque era más difícil que seguir un fuego fatuo. En la vida habréis visto escabullirse un sonido de aquella manera, ni cambiar de sitio tan rápidamente y tantas veces.
Tuve que apartarme de la ribera a manotazos bien aprisa cuatro o cinco veces para no cargarme alguna isla; de modo que juzgué que la balsa debía de estar chocando con la ribera de vez en cuando o, si no, que se adelantaría más y se alejaría demasiado para que pudiera oírla, porque estaba derivando más aprisa que yo.