Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Al cabo de un segundo o dos, todo volvÃa a parecer sólido y blanco. Entonces me estuve sentado quieto, escuchando los martillazos de mi corazón y no creo que llegase a respirar una vez por cada cien martillazos.
Entonces me di por vencido. Comprendà lo que pasaba. Aquella ribera cortada era una isla y Jim habÃa bajado por el otro lado de ella.
No se trataba de una punta de estopa que pudiera dejarse atrás en diez minutos. TenÃa los grandes árboles de una isla normal; podrÃa ser de cinco o seis millas de largo y de más de media milla de anchura.
Me estuve callado, con el oÃdo atento, alrededor de quince minutos, según calculé. SeguÃa la corriente, claro está, a cuatro o cinco millas por hora; pero uno nunca piensa en eso. No, se siente como si uno estuviese completamente parado en el agua; y si ve pasar, durante un segundo, un escollo, no piensa lo aprisa que uno va, sino que contiene el aliento y se dice: «¡Diablos! ¡Cómo corre ese escollo!». Si os parece que no resulta triste y solitario encontrarse asà en una niebla, solo y de noche, probadlo una vez, ya lo veréis.