Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Lástima que el muy tonto no atinara en golpear un cacharro de hojalata y golpearlo sin parar; pero no lo hizo, y eran los silencios entre alarido y alarido los que fastidiaban. Bueno, pues seguí luchando y, al poco rato, oí el grito detrás de mí. Ahora sí que me hacía un lío. O era el grito de otra persona, o yo había virado en redondo sin saberlo.

Solté el canalete. Oí el grito otra vez. Seguía sonando detrás de mí, pero en distinto sitio. Continuó sonando, y siempre cambiaba de sitio, y yo seguí contestando hasta que, pasado algún tiempo, volví a oírle delante de mí y comprendí que la corriente había hecho girar el bote otra vez, de forma que la proa volvía a mirar río abajo. Eso significaba que iba bien si el que chillaba era Jim y no algún otro balsista. No me era posible reconocer la voz en la niebla, porque en la niebla nada parece ni suena natural.

Continuaron oyéndose los gritos, y, al cabo de un minuto, vi que me echaba encima de una ribera sobre la que se veían grandes árboles, que en la niebla parecían fantasmas humeantes. La corriente me echó hacia la izquierda y pasé por el lado, por entre una infinidad de escollos rugientes, de tan aprisa que pasaba la corriente entre ellos.


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