Las aventuras de Huckleberry Finn

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Tan pronto pude soltarme, seguí tras la balsa, muy preocupado, punta de estopa abajo. Todo fue muy bien hasta donde se pudo, pero la punta de estopa no tenía ni sesenta yardas de largo y, en cuanto pasé la extremidad, me metí de lleno en la niebla blanca y sólida y ya no tuve la menor idea de la dirección que seguía.

Yo pensé: «Mejor me irá si no remo; antes de que pueda darme cuenta chocaré contra la ribera, o una punta de estopa, o algo. Tengo que estarme sentado, quieto y dejarme llevar, y, sin embargo, casi se me hace insoportable tener que estar con las manos quietas en semejante momento». Solté un grito y me puse a escuchar. Allá abajo, no sé dónde, oí un grito apagado y me animé.

Fui a toda prisa a donde él, con el oído atento por si volvía a oírlo. Cuando lo oí de nuevo, me di cuenta de que no iba derecho hacia él, sino apartándome a la derecha. Y la vez siguiente me estaba desviando hacia la izquierda, sin ganarle mucho trecho, por añadidura, porque yo no hacía más que correr de un lado para otro, mientras que el alarido seguía viajando en línea recta.



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