Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Cuando llegué a ella, Jim estaba sentado, con la cabeza entre las rodillas, dormido y el brazo derecho colgando sobre el remo de gobernar. El remo estaba destrozado y la balsa cubierta de hojas, ramas y porquerÃa. De modo que estaba claro que habÃa pasado momentos difÃciles.
Amarré el bote, me tumbé en la balsa bajo las mismÃsimas narices de Jim y empecé a bostezar y a estirar los brazos, apretando los puños contra Jim y dije:
—¡Hola, Jim! ¿He estado dormido? ¿Por qué no me despertaste?
—¡Santo Dios! ¿Eres tú, Huck? ¿Y no estás muerto?… ¿No estás ahogado?… ¿Estás de vuelta? Es demasiado estupendo eso para ser verdad, querido. ¡Es demasiado bueno para ser verdad! Déjame mirarte, muchacho, deja que te toque. Y… ¡no estás muerto! Has vuelto sano y salvo, el mismo Huck de siempre… ¡El mismo Huck, gracias a Dios!
—¿Qué te pasa, Jim? ¿Has estado bebiendo?
—¿Bebiendo? ¿Que si he estado bebiendo? ¿He tenido ocasión de beber?
—Pues entonces, ¿por qué hablas sin ton ni son?
—Huck… Huck Finn, mÃrame cara a cara, mÃrame cara a cara. ¿No has estado ausente?
—¿Ausente? Pero ¿qué diablos quieres decir? No me he ido a ninguna parte. ¿Adónde tenÃa que irme?