Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Eso es demasiado para mÃ, Jim. Yo no he visto niebla, ni islas, ni peripecias, ni nada. He estado sentado aquÃ, hablando contigo toda la noche, hasta que te quedaste dormido hace unos diez minutos y a mà me ocurrió lo mismo. No es posible que te hayas emborrachado en ese tiempo, de modo que, claro está, has debido de estar soñando.
—¡Maldito sea…! ¿Cómo iba a soñar todo eso en diez minutos?
—¡Qué diablos! Tienes que haberlo soñado, porque nada de ello ha sucedido.
—Pero, Huck, si todo eso ha sido para mà tan claro como…
—Poco importa lo claro que esté, nada hay de cierto en ello. Lo sé, porque no me he movido de aquà en todo el rato.
Jim nada dijo durante cinco minutos. Estuvo pensándolo. Luego contestó:
—Bueno, pues creo que sà que lo he soñado, Huck, pero que me ahorquen si no ha sido el sueño más real que he tenido en mi vida. Y nunca tuve un sueño que me cansara como este.
—Bah, eso no quiere decir nada, porque un sueño cansa a veces una barbaridad. Pero este ha sido un sueño de órdago. Cuéntamelo, Jim.