Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Pero se equivocaba. Eran fuegos fatuos o luciérnagas, de modo que volvía a sentarse y a seguir vigilando como antes. Decía que tener la libertad tan cerca le hacía temblar de pies a cabeza y tener fiebre. Bueno, pues puedo aseguraros que yo también temblaba de pies a cabeza y estaba febril al escucharle, porque había empezado a darme cuenta de que sí que estaba casi libre. ¿Quién tenía la culpa de ello? Pues yo. No podía quitarme eso de la conciencia de ninguna manera y en forma alguna. Empezó a preocuparme hasta el punto de no permitirme descansar; no podía estarme quieto en un sitio.