Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Estuve escuchando toda la conversación y me metà en el rÃo y pensaba nadar a tierra si venÃan a bordo. Después me habrÃa puesto a nadar hacia la balsa otra vez cuando se marchasen. Pero ¡caramba!, ¡cómo les engañaste, Huck! Fue una treta magnÃfica. Te digo, chico, que me parece que le salvaste la vida al viejo Jim… y Jim no lo olvidará, querido.
Después hablamos del dinero. Era una buena suma, veinte dólares por cabeza. Jim dijo que ahora podrÃamos sacar pasaje de cubierta en un vapor, y que el dinero nos alcanzarÃa hasta donde quisiéramos ir en los estados libres. Dijo que veinte millas más no eran muchas para la balsa, pero que ya quisiera haberlas recorrido.
Atracamos cuando iba a amanecer y Jim tuvo buen cuidado de que la balsa quedara bien escondida. Después trabajó todo el dÃa empaquetando las cosas y preparándolo todo para acabar nuestro viaje en balsa.
Aquella noche, cuando serÃan las diez, vimos las luces de una población allá abajo, en un recodo de la izquierda.
Me fui en la canoa a explorar. No tardé en encontrar a un hombre en un bote, con un aparejo de pescar. Me acerqué a él y dije:
—Oiga, ¿es Cairo ese pueblo?
—¿Cairo? No. Debes de ser tonto.
—¿Qué pueblo es, señor?