Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Si quieres saberlo, ve a averiguarlo. Como prosigas aquà molestándome medio minuto más, te vas a encontrar con algo que no buscabas.
Regresé a la balsa. Jim sufrió un desengaño, pero yo dije que no se preocupara, que seguramente la población siguiente serÃa Cairo.
Antes del amanecer, pasamos otra población y pensé salir de nuevo, pero vi que era terreno alto y no fui. Jim dijo que por los alrededores de Cairo no habÃa terreno alto. Yo lo habÃa olvidado. Atracamos en una punta de estopa bastante próxima a la ribera izquierda para pasar el dÃa. Empecé a sospechar algo. Y Jim también. Dije:
—Tal vez pasáramos por delante de Cairo durante aquella noche de niebla.
—No hablemos de eso, Huck. Los pobres negros no pueden tener suerte. Siempre sospeché que aquella piel de serpiente de cascabel aún no habÃa acabado de hacer su maleficio —contestó él.
—¡Ojalá no hubiese visto nunca esa piel de serpiente, Jim! ¡Ojalá no le hubiese echado nunca la vista encima!
—No es tuya la culpa, Huck. Tú no lo sabÃas. No has de culparte por ello.