Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn En efecto, cuando se hizo de dÃa, vimos cerca de la ribera el agua clara del Ohio, y, fuera, el agua fangosa del Mississippi… De modo que no habÃa ni que pensar en Cairo.
Discutimos el asunto. No era conveniente seguir la orilla; y, claro, no podÃamos llevar la balsa rÃo arriba. No habÃa otra solución que esperar la noche y retroceder en la canoa, corriendo riesgos. De modo que dormimos todo el dÃa en un macizo de álamos para estar descansados para el trabajo que nos aguardaba y, cuando volvimos a la balsa… ¡habÃa desaparecido la canoa!
Nos quedamos callados un buen rato. No tenÃamos nada que decir. Demasiado sabÃamos los dos que era obra de la piel de serpiente, de modo que, ¿para qué hablar sobre eso? Más bien parecerÃa que criticábamos, lo que por fuerza habÃa de traernos más mala suerte, y nos la seguirÃa trayendo hasta que tuviésemos el buen sentido de poner punto en boca.
Pasado bastante tiempo, hablamos acerca de lo que convenÃa hacer y descubrimos que no tenÃamos otro remedio que continuar con la balsa hasta que se nos presentara ocasión de comprar una canoa para volver atrás. No pensábamos tomarla a préstamo cuando no hubiese nadie por los alrededores, como habrÃa hecho papá, porque eso podÃa hacer que se nos persiguiera.
De modo que emprendimos la marcha, después de anochecer, en la balsa.