Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Bueno, pues avanzó, y nos dijimos que probaría de pasar rozándonos, pero no llevaba traza de desviarse. Era grande y viajaba aprisa; además parecía una nube negra con hileras de luciérnagas en torno a él; pero, de pronto, se cernió, enorme y espantoso, con una larga hilera de hogares abiertos, que brillaban como dientes al rojo vivo, y con la monstruosa proa y las defensas amenazando por encima de nosotros.
Se oyó un grito, que nos iba dirigido, y el son de campanas mandando parar las máquinas, una serie de juramentos y el silbido de vapor, y cuando Jim saltó al agua por un lado y yo por el otro, el barco pasó derecho a través de la balsa.
Me sumergí, y con intención de tocar fondo, por añadidura, porque había de pasar una rueda de paletas de treinta pies por encima de mí y quería que tuviese sitio de sobra. Me había podido mantener un minuto bajo el agua; aquella vez creo que estuve minuto y medio. Luego subí para arriba más que aprisa.
Saqué los hombros del agua, y expulsé con un resoplido el líquido de la nariz y resollé un poco. Había una corriente muy fuerte, claro está, y, por tal motivo, el vapor volvió a poner en marcha las máquinas diez segundos después de haberlas parado, porque nunca gastaron mucha simpatía con los almadieros. De modo que avanzaba río arriba y no podía verle con aquel tiempo que hacía, pero me era posible oírle.