Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Lo discutieron y tenÃan intención de rechazarme, pues decÃan que todos habÃan de tener familia o alguien a quien poder matar, porque si no, no serÃa justo y equitativo para los demás. Bueno, pues nadie sabÃa qué hacer; todos se dieron por vencidos y se quedaron sentados, quietos. Yo estaba a punto de llorar; pero, de pronto, se me ocurrió una idea y les ofrecà la señorita Watson; podÃan matarla a ella. Todo el mundo dijo:
—Esa vale, esa vale. Está bien. Huck puede entrar en la cuadrilla.
Luego todos se clavaron un alfiler en el dedo para tener sangre con que firmar y yo puse mi señal en el papel.
—Ahora —preguntó Ben Rogers—, ¿a qué se dedicará la cuadrilla?
—A robar y asesinar, simplemente —contestó Tom.
—Pero ¿a quién vamos a robar? Casas… ganado… o…
—¡Cuernos! El robar ganado y cosas por el estilo no es robar, es una raterÃa —dijo Tom Sawyer—. Nosotros no somos rateros. Esas no son nuestras maneras. Somos salteadores de caminos. Paramos, enmascarados, a diligencias y coches en la carretera, y matamos a la gente y le quitamos el dinero.
—¿Siempre hemos de matar a la gente?