Las aventuras de Huckleberry Finn

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Y nadie que no fuera de la cuadrilla podía usar esa señal, y si lo hacía debía ser juzgado. Y si lo hacía otra vez, había que matarle. Y si alguno de la cuadrilla soplaba los secretos, se le cortaría el cuello y luego se le quemaría su cuerpo y se desparramarían sus cenizas por los alrededores y su nombre sería borrado de la lista con sangre, y la cuadrilla no volvería a pronunciarlo jamás, sino que se le echaría una maldición y se le olvidaría para siempre.

Todos dijeron que era un juramento realmente estupendo y le preguntaron a Tom si se lo había sacado de la cabeza. Él dijo que en parte sí, pero que el resto lo sacó de libros de piratas y de bandoleros y que lo tenían todas las cuadrillas de postín.

Algunos pensaron que sería bueno matar a las familias de los niños que revelaran los secretos. Tom dijo que era una buena idea, conque tomó un lápiz y así lo hizo constar en el documento. Luego Ben Rogers dijo:

—Aquí está Huck Finn. No tiene familia. ¿Qué haréis de él?

—Oye, ¿no tiene padre? —contestó Tom.

—Sí, tiene padre; pero hoy día no hay quien le encuentre. Tiene la costumbre de tenderse entre los cerdos, borracho, en la tenería; pero no se le ha visto por los alrededores desde hace un año o más.


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