Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Era la voz de Jim. Nunca había oído nada que me gustase tanto. Corrí por la ribera y salté a bordo, y Jim me cogió y me abrazó de tanto como se alegraba de verme. Dijo:
—Bendito seas, muchacho; estaba seguro de que habías vuelto a morirte. Jack ha estado aquí. Dijo que suponía que te habían pegado un tiro, porque no habías vuelto a casa. Conque me disponía a poner en marcha la balsa hacia la desembocadura de la caleta para estar preparado para largarme tan pronto Jack volviese y me asegurara que habías muerto. No sabes cuánto me alegro de tenerte a mi lado otra vez, querido.
Yo dije:
—Bueno… Eso es estupendo. No me encontrarán y creerán que me han matado y que mi cadáver ha flotado río abajo… Allí verán algo que les ayudará a creerlo… De modo que no pierdas tiempo, Jim; tira hacia agua abierta tan aprisa como puedas.
Me sentí intranquilo hasta que la balsa estuvo dos millas más abajo, y en medio del Mississippi. Entonces colgamos nuestras linternas del palo y calculamos que volvíamos a estar libres y seguros otra vez. Yo no había comido nada desde el día anterior; de modo que Jim sacó unas tortas de maíz, suero de manteca, cerdo, berzas y otras verduras, no hay cosa tan buena en el mundo cuando está guisada bien, y mientras yo cenaba, charlamos y lo pasamos bien.