Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Estaba bastante desanimado. Decidí no volver a poner los pies en aquella casa, porque me parecía que yo era el culpable. Pensé que aquel papelito quería decir que la señorita Sophia había de encontrarse con Harney en alguna parte a las dos y media para fugarse con él. Y me dije que debía haberle hablado al padre del papel y de la rara manera como ella se había conducido. Así tal vez la hubiera encerrado con llave y se hubiese evitado toda aquella terrible lucha.

Cuando bajé del árbol, me arrastré un rato por la orilla del río y encontré los dos cadáveres junto a la ribera. Tiré de ellos hasta sacarlos a tierra, después les tapé la cara y me alejé tan aprisa como pude. Cuando le tapé la cara a Buck lloré un poco porque había sido muy bueno conmigo.

Ya había anochecido. No me acerqué para nada a la casa, sino que crucé el bosque en dirección al pantano. Jim no estaba en su isla, de modo que me dirigí a toda prisa a la caleta, metiéndome por entre los sauces, ardiendo en deseos de saltar a bordo y salir de aquel terrible país. ¡La balsa había desaparecido! ¡Dios Santo! ¡Qué susto me llevé! Tardé casi todo un minuto en respirar de nuevo. Luego di un grito.

Una voz, a menos de veinticinco pies de mí, dijo:

—¡Dios bendito! ¿Eres tú, querido? No hagas ruido.


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